
A la subasta asistieron unas doscientas personas de lo mejorcito de Palma, pero sólo compraron un cuadrito del siglo XIX y una escultura pequeña de no sé quien. Un fracaso. Mi hijo no tiene suerte con los negocios. Ahora, eso sí, con las mujeres es un lince. Actualmente vive mantenido por una tarada catalana de muy buen ver, que no asistió a la subasta porque ni mi mujer ni yo nos llevamos bien.
La subasta se realizó en una galería de un complejo de lujo y entre copa de cava, canapé y diálogos absurdos, me he enteré de que la anterior directora de la galería está muriéndose de cáncer con treinta y cuatro años. Me quedé helado ya que la conocía y la consideraba una tía cojonuda. Al día siguiente intenté ponerme en contacto con ella, pero esta ilocalizable, y lo comprendo, yo haría lo mismo.
La vida es una puta mierda. Los hijos de la gran puta de Franco y Pinochet murieron viejos y mi amiga va a morir joven. Me pregunto por qué coño nació si se iba a morir tan pronto. Son incógnitas de nuestra existencia.
Estoy muy deprimido y no salgo adelante, si al menos tuviera un trabajo me cansaría físicamente y no le daría tanto al coco. Todo es una mierda.
Ayer, sábado, me invitaron al cumpleaños de la vieja actriz catalana y me encontré con mi mujer, que también estaba invitada. La actriz cumple 60 años.
A las tres de la mañana mi mujer y yo nos fuimos de la fiesta, y en el coche le conseguí, a duras penas, dar un par de besos, luego, después de media hora larga, la convencí de que me dejara ir a su casa. Allí, hicimos toda la parafernalia que se suele hacer antes de hacer el amor (follar), pero mi polla no funcionó como toca; no empalmo del todo, aunque los dos pudimos llegar al orgasmo.
Ya, fumando el cigarrillo que toca, empezó a meterse con mi situación económica y acabó diciéndome que ya ni servía para follar. Me largue a las cinco dando un portazo.
Mi mujer tiene razón, ya no sirvo ni para follar. Menos mal que no soy un tipo obsesionado con el sexo, como la mayoría de mis amigos y conocidos, que no pueden estar sin follar, tengan la edad que tengan.
Os voy a contar como es uno de mis mejores amigos, de sesenta años muy bien conservados, que precisamente me lo encontré en el cumpleaños de la vieja actriz. Lo llamaré Giovanni, por su gran admiración por los actores italianos, a los que tanto ha imitado a la hora de ligarse tías.
Giovanni es uno de los tipos más divertidos que he conocido en mi vida… cuando va bebido. Sin alcohol es un tipo con bastantes problemas psíquicos. Por ejemplo, con un gran complejo de inferioridad. Pero vayamos atrás, cuando tenía mucho éxito con las mujeres, sobre todo las de clase media tirando a baja. Porque su especialidad son las proletarias, que domina a la perfección. Son sus preferidas porque con ellas se siente superior.
Mi querido y apreciado amigo Giovanni era una especie de desequilibrado mental capaz de hacer cualquier barbaridad para llamar la atención. Podía hacer lo más imprevisible, desde desnudar a una extranjera en plena calle o bajarse los pantalones para enseñar el culo en un restaurante.
De constitución fuerte y estatura media, Giovanni era el prototipo de latin lover de los 60, que volvía locas a las extranjeras. Follador empedernido (aún lo es), de derechas, obsesionado con la limpieza, y conservador hasta la médula, se paseaba por la vida con un amasijo de contradicciones en su cerebro que lo hacían diferente.
A principios de los 60 yo pasaba los veranos en casa de mi abuela, y la casa de al lado era la de sus padres. Ya por aquel tiempo, Giovanni era el terror de los cuatro vecinos. Siempre estaba metido en líos, cuando no se estaba pegando con sus hermanos a puñetazos.
Luego, cuando mi abuela se murió dejé de veranear, y muchos años después, a principios de los 70, una noche de madrugada me lo encontré en el Bacomo, la discoteca de moda de la playa del Arenal, ligando extranjeras. Nuestro encuentro produjo un dúo irresistible. A partir de esa noche empezamos a follar como locos y ha construir una amistad que aún hoy dura.
En aquellos años de pasiones desenfrenadas yo vivía de mi madre y de alguna extranjera despistada. Él, más o menos lo mismo. Casi cada día veíamos amanecer abrazados a la nórdica de turno en la playa o desnudos en el agua. Después nos íbamos a dormir hasta las cuatro o las cinco de la tarde, que nos levantábamos, nos duchábamos y vuelta a empezar. Recorríamos las terrazas de la playa, luego cenábamos ligeramente con algunas chicas, y sobre las diez entrábamos en la discoteca.
Un domingo fuimos a una gala juvenil y Giovanni se enamoró de una mallorquina que se llamaba Anita (pongo su verdadero nombre porque dudo que lea este blog, ya que vive en Los Angeles desde hace unos treinta años). La tal Anita era una preciosidad en miniatura; debía medir un metro cincuenta. Se enamoraron locamente; sobre todo Giovanni, que se quería casar con una virgen auténtica como lo era Anita, porque creía que todas las mujeres, excepto su madre y la mía, eran unas putas.
Empezaron a verse todos los días, y cuando la dejaba en su casa a las diez, después de haberle dado un par de morreos y tocarle los pechos, yo lo recogía en un bar y nos íbamos a ligar extranjeras. Y así fue transcurriendo el tiempo y Anita, poco a poco, lo fue cambiando convirtiéndolo en un trabajador. Se pudo a trabajar en la empresa de su padre, al que no tragaba ni en foto. Por lo que el salir cada día se convirtió en salir sólo los fines de semana: viernes y sábado.
Anita era su mujer ideal: humilde, servicial, bonita, no fumaba ni bebía y, sobre todo, era virgen, que es lo que realmente le importaba a él. Y a los dos años de cortejar, como se decía en aquella época, Giovanni se cansó de los toqueteos y quiso pasar a la acción. Tengo que decir que Giovanni antes de encontrarse con ella se tomaba de dos a tres cuba-libres para superar su complejo de inferioridad. Luego con ella disimulaba bebiendo una cerveza o dos.
Anita se montó con sus padres un fin de semana de mentiras y se fue con Giovanni a un hotel de la playa de Paguera. Yo lo acompañé acompañado de la sueca de turno.
Era la primera vez que salían de noche, después de las diez, juntos. O sea, que Anita no sabía lo mucho que podía beber Giovanni. Fuimos a cenar y a una discoteca. Cuando empezamos a bailar mi amigo ya llevaba dentro una botella de vino entera, tres o cuatro cervezas y unos cuatro o cinco cuba-libres. Ya iba caliente. Sobre las seis de la madrugada llegábamos al hotel y él había añadido dos o tres whiskys a su estómago.
La sueca y yo nos metimos en la cama y pegamos el polvo de compromiso, y cuando ya estábamos cogiendo el sueño, unos fuertes golpes en la puerta nos despertaron. La sueca abrió la puerta y Anita, en bragas y sujetador, entró llorando desconsoladamente. Intentamos que nos explicara lo que le pasaba, pero no hubo manera. Tampoco tenía signos de violencia.
Me fui en busca de Giovanni, que lo encontré vestido haciendo el equipaje. Cuando le pregunté qué es lo que había pasado, me dijo fríamente que Anita no era virgen, que lo había engañado, y se fue dejándome con la cuenta del hotel y las dos mujeres.
Nunca más volvió a ver a Anita, que a los dos meses se fue a Norteamérica a vivir. Poco tiempo después, el incombustible Giovanni, se enamoró de una preciosidad andaluza, que era virgen de verdad. Llegaron a comprar un piso, pero como no la dejaba beber, fumar ni salir con sus amigas del trabajo, la tía se escapó en cuanto pudo. Luego vino una tercera: una ex novia a la que desvirgó, dejó preñada, y abandonó. Se casarón por la iglesia y tuvieron cinco hijos, pero un día lo encontró en la cama con una vecina. Lo abandonó y actualmente ninguno de sus hijos lo saluda. Ni siquiera ella.
La última novia seria que tuvo que le duró tres años fue una valenciana de cuarenta años graciosa y apetecible y, además, con dinero. Todo terminó cuando ella le invitó a pasar una semana a casa de sus padres en el país valenciano. Una noche los dos cogieron una buena moña (ella también bebía) y empezaron a discutir, y en un arrebato de locura, Giovanni le corto la bonita cabellera rubia a la valenciana. Al día siguiente tuvo que escapar porque sus hermanos lo querían matar. Hubo juicio y tuvo que pagar a la rubia quinientas mil pesetas de la época.
Ahora vive solo en un piso inmaculadamente limpio en un barrio denigrado por los moros y sudamericanos. Es funcionario, y sus sistema de trabajo son seis o siete meses de baja por depresión y dos de trabajo. Así va pasando el tiempo esperando la jubilación. Y el tiempo lo pasa ligando sudamericanas por la zona del Corte Inglés, y os aseguro que tiene un verdadero éxito.
Según él, son como las extranjeras que nos ligábamos cuarenta años atrás, que se enrollaban con cualquiera. El año pasado se ligo ciento diez. Es cierto, Giovanni no es mentiroso, y no es un fantasma con el tema de las mujeres. Tiene el teléfono de todas. También hay que decir que se va con auténticos cardos borriqueros, entre alguna que otra normal o guapa.
La vida cambia y nosotros también. Pero creo que Giovanni sigue siendo el mismo. Se ha quedado en aquellos años 60, cuando las mujeres llegaban al altar vírgenes. Su vida siempre han sido las mujeres; ha vivido por y para ellas, y nunca ha podido ser fiel a ninguna. Por eso le han arruinado la vida. Son su único entretenimiento porque no se lleva bien con nadie de su familia, y menos con sus hermanos. Ahora sólo pide encontrar una mujer normal y seria para vivir con ella… pero no la encuentra, y eso que aún es un viejo atractivo.
Mientras escribo esta mierda está terminando Separados, de la muy apetecible Jennifer Aniston y el gracioso Vince Vaughn. Película entretenida con final triste, muy común en las parejas de hoy: cada uno por un lado.
Mientras escribo esta mierda
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